Llenar el espíritu es una necesidad y un placer que impone altísimas dosis de fantasías y de sueños; abonos de escasez agobiante en una sociedad atrapada entre una hostilidad de mil caras y la lucha casi estéril por la búsqueda de la producción de bienes manufacturados o conocimientos, que generen riqueza distribuible. Una persona hambrienta, enferma y sin trabajo exhala un antídoto que lo vacuna contra lo sublime del arte y de las ciencias, mientras lo surte de resentimiento y desesperación, haciéndolo insensible a las razones de la comunidad y configurando en él, el perfil del anarquista. Con una creciente población de estos sujetos, asistimos al preámbulo de una apocalipsis que puede consumir nuestra sociedad, perplejos ante el despilfarro de todo tipo de leyes y códigos, plenos de fracaso congénito en la marasmática organización de nuestro endeble cuerpo nacional. Parece inevitable el avance de la “horrible noche”.
¿Cuál es el punto desde donde parten las fuerzas hostiles a nuestra sociedad?
¿Será desde la ineficiencia en la organización? ¿Será que nuestro hombre por su misma naturaleza tiene cotas diferenciales en su capacidad comunitaria? o ¿ tal vez son necesarios sufrimientos generales más intensos, que nos hagan percibir el gozo y la seguridad de una asociación honesta? Creo que como múltiples son los interrogantes múltiples serán las respuestas, pero con una verdad axiomática como premisa; todo parte del hombre mismo.
Nuestro legislador, después de casi 200 años de vida institucional no se cansa de creer que la ley puede cambiar la naturaleza humana. Evidentemente no es así. El hombre mantiene las mismas cargas básicas desde el Cromagnon hasta nuestros días, y sólo mediante la represión sistemática durante milenios ha logrado apocar sus más sombrías inclinaciones.
La creación de códigos que no consultan esa naturaleza fatalmente egoísta y territorial perturba la permanencia exitosa de la mixtura entre la indómita compulsión individualista con el imperativo social.
Inducir al individuo en la vía de lo social, implica hacerle conocer que sin los otros esta perdido, que sólo a través de los demás adquiere sentido su existencia y por tanto, junto a ellos (no contra ellos) tiene que dibujar su vida. Esto se logra mediante una terapia combinada de seducción, instrucción y represión, que con diversos grados de profundidad se va aplicando a las diferentes comunidades atendiendo a sus logros en la civilidad.
El desorden y la mala aplicación de las estrategias anteriores han generado una sensación nacional e internacional de un Estado casi fallido. Dentro del territorio se percibe por muchos ciudadanos, entre los cuales me cuento, que el estado es un enemigo, que crea y aplica la ley, más con intención de favorecer a grupos de poder que con criterio general o distributivo; que en muchos casos abusa en su posición dominante en las relaciones con los individuos, que perpetúa, mediante intrigas, asociaciones perversas y toda suerte de esguinces legales, a un alto porcentaje de ignorantes y tránsfugas en sus más altas instituciones, que hacen el trabajo sucio de los otros, no menos sucios, pero si menos visibles, para que sólo después de gratificar sus intereses, las sobras se destinen a la utilidad social. La prueba más fehaciente de que fuera de nuestro país somos mirados como un fracaso, son los incontables y en ocasiones inconfesables atropellos, de los que son víctimas nuestros compatriotas en aeropuertos, embajadas y aún en las calles de muchos países del primer mundo. Lo que piensan de los colombianos no es gratuito, es la reacción normal ante la barbarie a que nos ha sometido este estamento endeble, permisivo para unos, agresor contra otros, injusto en sus más altas determinaciones políticas, frágil ciego y sobrestimado cuando de autoevaluarse se trata.
En estos días, cuando la calidad y sus hijas, la eficiencia y la eficacia han copado el protagonismo en todo tipo de instituciones para afrontar la avalancha de acreditaciones internacionales que permitan mantener la vigencia en la aldea global, es obligatorio que nos preguntemos ¿es el estado colombiano eficiente y eficaz? ¿Podemos decir que puede ser certificado en alta calidad? No, y el peso de la culpa debe caer sobre los incapaces que lo han dirigido como corresponde a las normas elementales de la gerencia. Esto no excusa pero si explica que un pueblo hambriento, inculto y aturdido por el desmedido esfuerzo que requiere para la supervivencia diaria que consume todas sus energías, vuelva con su voto sobre la misma clase que lo ha enseñado a elegir como método para subsistir y sin derecho siquiera a ilusionarse con otras expectativas que le aupen el deseo de conseguir para sí el gusto por aquellas cosas que constituyen la dignidad del ser humano.
sábado, 21 de agosto de 2010
domingo, 8 de agosto de 2010
LA MANIPULACIÓN DE LA ESPECIE
Porque, ¿sabes? El cuerpo nunca olvida,
como el mar y la tierra no olvidan que una vez fueron uno.
Sàndor Màrai
Considero a La Mujer Justa, de Sàndor Màrai, una de las novelas más minuciosas en la reflexión sobre el amor en sus múltiples matices. Cuando leí “El amor en los tiempos del cólera”, pensé que literariamente todo estaba dicho respecto al amor. Después de leer a Márai ha quedado en evidencia que los hombres y mujeres por separado, amamos de diferentes maneras, de acuerdo a las circunstancias espaciotemporales, económicas, de clase, culturales, religiosas, genéticas y de salud, con la seguridad de que me hace falta mencionar algunas más. Sentí la necesidad de compartir mis opiniones sobre el libro y sobre el amor mismo, único tema de verdadera importancia en la vida humana y síntoma cardinal de la voluntad de la especie, que deja a las demás actividades de hombres y mujeres en un lugar subsumido, derivado o de conector. A manera de introducción transcribo dos párrafos donde el autor explica el lugar y ladirección desde donde se mira el amor según el género.
“Tiene que haber un motivo por el cual las personas aguantan el tedio opresivo de la convivencia organizada, de otro modo no seguirían debatiéndose en la atroz trampa de ataduras ya gastadas; los hombres no aceptarían sin rechistar las renuncias a las que los fuerzan las convenciones sociales si, en el fondo, no estuvieran convencidos de su validez. Por lo tanto, consideran que nadie tiene derecho a buscar su satisfacción, tranquilidad y alegría según sus propias reglas, porque ellos que son la mayoría, han aceptado de común acuerdo soportar la censura de los sentimientos y los deseos, esa censura general que es la civilización. Por eso se indignan y crean tribunales de guerra secretos para dictar sentencias despiadadas en forma de cotilleos en cuanto se enteran que alguien se ha atrevido a rebelarse y a buscar por su cuenta un remedio a la soledad.
Las mujeres no lo entienden Sólo un hombre es capaz de entender que en la vida existe algo más que la felicidad. Tal vez sea esa la mayor y más irremediable diferencia que separa a hombres y mujeres de todos los tiempos y lugares. Para la mujer; si es una verdadera mujer, sólo hay una patria de verdad; el territorio que ocupa en el mundo el hombre al que pertenece (su amor). Para el hombre en cambio existe también esa otra patria enorme, eterna, impersonal, trágica, con banderas y fronteras….En realidad una mujer nunca muere por una patria, sino por un hombre."
Una vez situados en la perspectiva de Màrai, veamos las preguntas que hace la mujer justa cuando siente el declinar del amor de su esposo: Marika, la esposa, le pregunta a Lázar, amigo de su esposo. ¿Qué ocurre al alma cuando nos enamoramos?
“En el alma no ocurre nada. Los sentimientos no se manifiestan en el alma. Siguen otro camino, pero pueden atravesar el alma como el río desbordado atraviesa las zonas inundadas”. Esta es una comparación que describe la totalidad de la posesión que sufren los enamorados, pero como toda creciente y su inundación tiene un tiempo, podemos interpretar que el autor nos quiere despabilar para enseñarnos la finitud del enamoramiento. Ante semejante sentencia Marika insiste, ¿y una persona inteligente y sensata puede detener esa inundación? “Yo le he dado muchas vueltas. Tengo que responder que hasta cierto punto es posible. La razón no puede iniciar ni detener los sentimientos, pero puede disciplinarlos. Los sentimientos cuando se vuelven peligrosos para uno mismo y para los demás, se pueden enjaular”.
El amor, o mejor los amores en las personas inteligentes terminan siendo como las camisas, una vez sudadas hay que cambiarlas si no se quiere correr el riesgo de sufrir de malos olores. Para lograrlo hay que sufrir cortes profundos en el alma con el dolor que eso supone. Es como queda la tierra cuando seca la inundación, cuarteada, con grietas, quebradiza, pero con hierba podrida que alimentará, como los recuerdos, un nuevo ciclo. Así las cosas, no hay manera de suprimir los sentimientos mediante la razón. Como la energía, simplemente se transforman o se agazapan con una docilidad taimada, como de serpiente que espera la distancia justa de su presa para atacar. Es mejor salir del camino. Cambiar la ruta.
El autor pinta con gran tino un retrato de las mujeres imposibles de olvidar. “Parecen plantas trepadoras, que no tienen malas intenciones, pero abrazan con una sed obstinada y mortal lo que encuentran a su alrededor y lo vacían de su fuerza vital. Emanan una fuerza capaz de anular incluso las conciencias más resistentes. Son como el siroco, como una vorágine”.
Un tópico muy importante es aquel referido a la sensación que muchos amantes tienen de un destino irremediablemente atado al objeto de su amor. Es una búsqueda fatal de completud fuera de sí mismo, como si se hubiera perdido un órgano vital. Cuando ella o él no están, una soledad desconocida antes del flechazo, se toma al amante para agobiarlo hasta el extremo de la desesperación o de la búsqueda de sucedáneos que den paliativo el despojo que atiza los sufrimientos. Pero el tiempo pasa y también la pasión desbordada, que encuentra su final, no en el tiempo mismo, si no en la intimidad permanente, en la convivencia, asfixiante en ocasiones, y en la intimidad impúdica que destroza los secretos y tira por la ventana el encanto del misterio que ellos encierran. Así las cosas, los que meses o años atrás, morían de amor en cada despedida terminan diciendo con Marika: Piensas que mi vida no tiene sentido, ¿verdad? Eso no es cierto. Hay muchas cosas en la vida .Hace un rato, cuando venía hacia aquí para verte, iba por una calle del centro y de pronto ha empezado a nevar. ¡He sentido una alegría tan pura y hermosa! La primera nevada….Antes no era capaz de disfrutar la vida de esta forma. Tenía otras cosas que hacer, mi interés estaba en otro lado. Estaba tan concentrada en un hombre que no me quedaba tiempo para ocuparme del mundo. Luego perdí al hombre y a cambio hallé el mundo.
Vuelvo a mi reflexión. ¿Será posible, que los enamorados puedan llegar a tener su amor y disfrutarlo a la vez que hacen el amor al mundo? Me refiero a los poseídos por ese amor totalitario que les chupa la sangre, que les copa los espacios, que se convierte en fin y medio, que no admite la competencia; que ve fútil toda actividad que no sea en pareja, que se encela por un chiste o una mirada, por el olvido de una fecha o la inadvertencia de un detalle en el arreglo personal con el que se pretendía impresionar. Esos esclavos temporales, esos amantes genuflexos, no creo que puedan ver el mundo con sus propios ojos. Todo lo ven como parte del otro o, a través del otro y siguen de esta manera mientras dure la locura. Sólo el tiempo, lenta y casi imperceptiblemente les quitará la venda a algunos afortunados; otros pasarán la vida sometidos, chauvinistas y miopes, creyendo que no valía la pena el resto del mundo.
Doy mis aplausos a los valientes de espíritu libre, los que cierran el paso a la orilla sufrida del amor y se abren a la alegría de vivir con intensidad pero minimizando las penas, poniendo distancia, asumiendo soledades y admitiendo que en pulsos son mejores las pasiones. La constancia es la enemiga. Hay que recorrer el camino explorando a cada lado. Si se mira fijamente la senda para no tropezar, se pierde la oportunidad de contemplar el paisaje.
Es cierto que el sufrimiento, la angustia y una inquietud indescriptible se apoderan del enamorado, su razón entorpece, la objetividad desaparece, se encela con facilidad porque siempre teme perder su amor, caer en esa soledad de fábula que comenzó a sentir cuando la pasión iniciaba su trabajo; pierde fácilmente la dignidad y lo que es peor, su pudor se esfuma siendo capaz de llorar por irrelevancias. Se halla enfermo, pesado, muchas veces triste, pierde concentración en el trabajo y el pensamiento se le llena de fantasías. Esto es todo lo contrario al “amor” de discoteca, de la rumba y del torbellino de la diversión constante, que más que amor podría tildarse de período vacacional. El verdadero amor nos acerca a la sensación de la muerte, a sentir que el resto del mundo carece de alma y todo el espíritu de la humanidad se concentra en nosotros. En un momento te sientes pleno, rebosante casi, con una piel pequeña para tanto sentimiento que de pronto se evade, fluye hacia afuera como proponiendo un juego, tienes que encontrarlo, capturarlo, centrarlo nuevamente en ti, pues ya para entonces sientes la garra en el pecho que parece te está arrancando el corazón. No, de ninguna manera el amor es fácil, duele porque te aúpa las carnes, te las inflama más allá de lo tolerable y siempre estas vacío, siempre incompleto, siempre demandando pasión y siempre con esa inevitable sensación de soledad que acompaña la conquista de la meta. ¡Lo tienes todo y en el otro momento no tienes nada!
Francisco Rodríguez Yances
como el mar y la tierra no olvidan que una vez fueron uno.
Sàndor Màrai
Considero a La Mujer Justa, de Sàndor Màrai, una de las novelas más minuciosas en la reflexión sobre el amor en sus múltiples matices. Cuando leí “El amor en los tiempos del cólera”, pensé que literariamente todo estaba dicho respecto al amor. Después de leer a Márai ha quedado en evidencia que los hombres y mujeres por separado, amamos de diferentes maneras, de acuerdo a las circunstancias espaciotemporales, económicas, de clase, culturales, religiosas, genéticas y de salud, con la seguridad de que me hace falta mencionar algunas más. Sentí la necesidad de compartir mis opiniones sobre el libro y sobre el amor mismo, único tema de verdadera importancia en la vida humana y síntoma cardinal de la voluntad de la especie, que deja a las demás actividades de hombres y mujeres en un lugar subsumido, derivado o de conector. A manera de introducción transcribo dos párrafos donde el autor explica el lugar y ladirección desde donde se mira el amor según el género.
“Tiene que haber un motivo por el cual las personas aguantan el tedio opresivo de la convivencia organizada, de otro modo no seguirían debatiéndose en la atroz trampa de ataduras ya gastadas; los hombres no aceptarían sin rechistar las renuncias a las que los fuerzan las convenciones sociales si, en el fondo, no estuvieran convencidos de su validez. Por lo tanto, consideran que nadie tiene derecho a buscar su satisfacción, tranquilidad y alegría según sus propias reglas, porque ellos que son la mayoría, han aceptado de común acuerdo soportar la censura de los sentimientos y los deseos, esa censura general que es la civilización. Por eso se indignan y crean tribunales de guerra secretos para dictar sentencias despiadadas en forma de cotilleos en cuanto se enteran que alguien se ha atrevido a rebelarse y a buscar por su cuenta un remedio a la soledad.
Las mujeres no lo entienden Sólo un hombre es capaz de entender que en la vida existe algo más que la felicidad. Tal vez sea esa la mayor y más irremediable diferencia que separa a hombres y mujeres de todos los tiempos y lugares. Para la mujer; si es una verdadera mujer, sólo hay una patria de verdad; el territorio que ocupa en el mundo el hombre al que pertenece (su amor). Para el hombre en cambio existe también esa otra patria enorme, eterna, impersonal, trágica, con banderas y fronteras….En realidad una mujer nunca muere por una patria, sino por un hombre."
Una vez situados en la perspectiva de Màrai, veamos las preguntas que hace la mujer justa cuando siente el declinar del amor de su esposo: Marika, la esposa, le pregunta a Lázar, amigo de su esposo. ¿Qué ocurre al alma cuando nos enamoramos?
“En el alma no ocurre nada. Los sentimientos no se manifiestan en el alma. Siguen otro camino, pero pueden atravesar el alma como el río desbordado atraviesa las zonas inundadas”. Esta es una comparación que describe la totalidad de la posesión que sufren los enamorados, pero como toda creciente y su inundación tiene un tiempo, podemos interpretar que el autor nos quiere despabilar para enseñarnos la finitud del enamoramiento. Ante semejante sentencia Marika insiste, ¿y una persona inteligente y sensata puede detener esa inundación? “Yo le he dado muchas vueltas. Tengo que responder que hasta cierto punto es posible. La razón no puede iniciar ni detener los sentimientos, pero puede disciplinarlos. Los sentimientos cuando se vuelven peligrosos para uno mismo y para los demás, se pueden enjaular”.
El amor, o mejor los amores en las personas inteligentes terminan siendo como las camisas, una vez sudadas hay que cambiarlas si no se quiere correr el riesgo de sufrir de malos olores. Para lograrlo hay que sufrir cortes profundos en el alma con el dolor que eso supone. Es como queda la tierra cuando seca la inundación, cuarteada, con grietas, quebradiza, pero con hierba podrida que alimentará, como los recuerdos, un nuevo ciclo. Así las cosas, no hay manera de suprimir los sentimientos mediante la razón. Como la energía, simplemente se transforman o se agazapan con una docilidad taimada, como de serpiente que espera la distancia justa de su presa para atacar. Es mejor salir del camino. Cambiar la ruta.
El autor pinta con gran tino un retrato de las mujeres imposibles de olvidar. “Parecen plantas trepadoras, que no tienen malas intenciones, pero abrazan con una sed obstinada y mortal lo que encuentran a su alrededor y lo vacían de su fuerza vital. Emanan una fuerza capaz de anular incluso las conciencias más resistentes. Son como el siroco, como una vorágine”.
Un tópico muy importante es aquel referido a la sensación que muchos amantes tienen de un destino irremediablemente atado al objeto de su amor. Es una búsqueda fatal de completud fuera de sí mismo, como si se hubiera perdido un órgano vital. Cuando ella o él no están, una soledad desconocida antes del flechazo, se toma al amante para agobiarlo hasta el extremo de la desesperación o de la búsqueda de sucedáneos que den paliativo el despojo que atiza los sufrimientos. Pero el tiempo pasa y también la pasión desbordada, que encuentra su final, no en el tiempo mismo, si no en la intimidad permanente, en la convivencia, asfixiante en ocasiones, y en la intimidad impúdica que destroza los secretos y tira por la ventana el encanto del misterio que ellos encierran. Así las cosas, los que meses o años atrás, morían de amor en cada despedida terminan diciendo con Marika: Piensas que mi vida no tiene sentido, ¿verdad? Eso no es cierto. Hay muchas cosas en la vida .Hace un rato, cuando venía hacia aquí para verte, iba por una calle del centro y de pronto ha empezado a nevar. ¡He sentido una alegría tan pura y hermosa! La primera nevada….Antes no era capaz de disfrutar la vida de esta forma. Tenía otras cosas que hacer, mi interés estaba en otro lado. Estaba tan concentrada en un hombre que no me quedaba tiempo para ocuparme del mundo. Luego perdí al hombre y a cambio hallé el mundo.
Vuelvo a mi reflexión. ¿Será posible, que los enamorados puedan llegar a tener su amor y disfrutarlo a la vez que hacen el amor al mundo? Me refiero a los poseídos por ese amor totalitario que les chupa la sangre, que les copa los espacios, que se convierte en fin y medio, que no admite la competencia; que ve fútil toda actividad que no sea en pareja, que se encela por un chiste o una mirada, por el olvido de una fecha o la inadvertencia de un detalle en el arreglo personal con el que se pretendía impresionar. Esos esclavos temporales, esos amantes genuflexos, no creo que puedan ver el mundo con sus propios ojos. Todo lo ven como parte del otro o, a través del otro y siguen de esta manera mientras dure la locura. Sólo el tiempo, lenta y casi imperceptiblemente les quitará la venda a algunos afortunados; otros pasarán la vida sometidos, chauvinistas y miopes, creyendo que no valía la pena el resto del mundo.
Doy mis aplausos a los valientes de espíritu libre, los que cierran el paso a la orilla sufrida del amor y se abren a la alegría de vivir con intensidad pero minimizando las penas, poniendo distancia, asumiendo soledades y admitiendo que en pulsos son mejores las pasiones. La constancia es la enemiga. Hay que recorrer el camino explorando a cada lado. Si se mira fijamente la senda para no tropezar, se pierde la oportunidad de contemplar el paisaje.
Es cierto que el sufrimiento, la angustia y una inquietud indescriptible se apoderan del enamorado, su razón entorpece, la objetividad desaparece, se encela con facilidad porque siempre teme perder su amor, caer en esa soledad de fábula que comenzó a sentir cuando la pasión iniciaba su trabajo; pierde fácilmente la dignidad y lo que es peor, su pudor se esfuma siendo capaz de llorar por irrelevancias. Se halla enfermo, pesado, muchas veces triste, pierde concentración en el trabajo y el pensamiento se le llena de fantasías. Esto es todo lo contrario al “amor” de discoteca, de la rumba y del torbellino de la diversión constante, que más que amor podría tildarse de período vacacional. El verdadero amor nos acerca a la sensación de la muerte, a sentir que el resto del mundo carece de alma y todo el espíritu de la humanidad se concentra en nosotros. En un momento te sientes pleno, rebosante casi, con una piel pequeña para tanto sentimiento que de pronto se evade, fluye hacia afuera como proponiendo un juego, tienes que encontrarlo, capturarlo, centrarlo nuevamente en ti, pues ya para entonces sientes la garra en el pecho que parece te está arrancando el corazón. No, de ninguna manera el amor es fácil, duele porque te aúpa las carnes, te las inflama más allá de lo tolerable y siempre estas vacío, siempre incompleto, siempre demandando pasión y siempre con esa inevitable sensación de soledad que acompaña la conquista de la meta. ¡Lo tienes todo y en el otro momento no tienes nada!
Francisco Rodríguez Yances
miércoles, 28 de julio de 2010
LA ESPERANZA
Querer dar alcance a lo imposible o acomodar la historia a las circunstancias del presente, son motivos frecuentes de una angustia insuperable, que acrecienta los anhelos por un bien esquivo en los momentos cuando más cerca se cree tenerlo.
Hay que abandonarse a los placeres para poder disfrutarlos. Si no nos desprendemos del recuerdo de la carencias todo no pasará de biología pura o de siniestra amargura.
Cuando se mira hacia atrás con la certeza de que algo determinó la ruta, se amputa el deseo por la aventura, y el miedo supresor obliga a transitar los mismos caminos, cerrando el paso a los exploradores del presente continuo de la vida, aquellos para quienes mañana es sólo una palabra. Este último talante, tan deseable como poco común y tan difícil de asimilar por los mediocres, es a su vez el único remedio para combatir el terror que volatiliza las posibilidades de una existencia fecunda.
Hace más de dos mil años, la humanidad padece de un empecinamiento por la esperanza, idea que hizo nicho en el pensamiento, encubriéndose con la apariencia de un regalo que ha de llegar.
¿Qué pasaría si se borrara la esperanza? Quizá el momento y el día se convertirían en una vida.
¿Qué pasaría si se borrara la esperanza? Quizá el momento y el día se convertirían en una vida.
Si aceptamos que la esperanza nunca muere, se reemplaza la vida, se desplaza la lucha hacia opciones sucedáneas y nace el conflicto entre la espera y la insatisfacción constante.
La esperanza con sus recreaciones fantasiosas dibuja un porvenir engañoso, al obsequiar el ensueño con un terco e irreal optimismo. Entonces parece a la primera mirada, que no entregarse a ella y desecharla es una actitud pesimista. ¡Falso! Es en el quehacer sin espera, en la sumisión de la meta al paladeo de los placeres del camino, donde se halla el máximo goce en lo que se hace, pues no todo lo que se espera llega. Cosa contraria dicen los predicadores de la tranquilidad como felicidad, que invitan a la quietud de la esperanza cuyo premio siempre estará por llegar.
El reto está en desaparecer la esperanza, en hacer, por el grandioso placer de crear, para que se despierte una existencia plena. Hay que abrir los caminos sin diseño previo, afirmándose en si mismos. Quien lo logre ha de asegurar la anticipación del premio, habrá aprendido, que la lucha es lo mejor de ser, a construir el hombre que no teme porque no espera y no sufre porque no desea. Sólo construye.
La esperanza es ilusión; veo complicado quedarse con eso, prefiero el trabajo duro aunque resulte en fracaso. El esfuerzo, la determinación y la obstinación son placenteros en si mismos. La mejor conquista.
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