Querer dar alcance a lo imposible o acomodar la historia a las circunstancias del presente, son motivos frecuentes de una angustia insuperable, que acrecienta los anhelos por un bien esquivo en los momentos cuando más cerca se cree tenerlo.
Hay que abandonarse a los placeres para poder disfrutarlos. Si no nos desprendemos del recuerdo de la carencias todo no pasará de biología pura o de siniestra amargura.
Cuando se mira hacia atrás con la certeza de que algo determinó la ruta, se amputa el deseo por la aventura, y el miedo supresor obliga a transitar los mismos caminos, cerrando el paso a los exploradores del presente continuo de la vida, aquellos para quienes mañana es sólo una palabra. Este último talante, tan deseable como poco común y tan difícil de asimilar por los mediocres, es a su vez el único remedio para combatir el terror que volatiliza las posibilidades de una existencia fecunda.
Hace más de dos mil años, la humanidad padece de un empecinamiento por la esperanza, idea que hizo nicho en el pensamiento, encubriéndose con la apariencia de un regalo que ha de llegar.
¿Qué pasaría si se borrara la esperanza? Quizá el momento y el día se convertirían en una vida.
¿Qué pasaría si se borrara la esperanza? Quizá el momento y el día se convertirían en una vida.
Si aceptamos que la esperanza nunca muere, se reemplaza la vida, se desplaza la lucha hacia opciones sucedáneas y nace el conflicto entre la espera y la insatisfacción constante.
La esperanza con sus recreaciones fantasiosas dibuja un porvenir engañoso, al obsequiar el ensueño con un terco e irreal optimismo. Entonces parece a la primera mirada, que no entregarse a ella y desecharla es una actitud pesimista. ¡Falso! Es en el quehacer sin espera, en la sumisión de la meta al paladeo de los placeres del camino, donde se halla el máximo goce en lo que se hace, pues no todo lo que se espera llega. Cosa contraria dicen los predicadores de la tranquilidad como felicidad, que invitan a la quietud de la esperanza cuyo premio siempre estará por llegar.
El reto está en desaparecer la esperanza, en hacer, por el grandioso placer de crear, para que se despierte una existencia plena. Hay que abrir los caminos sin diseño previo, afirmándose en si mismos. Quien lo logre ha de asegurar la anticipación del premio, habrá aprendido, que la lucha es lo mejor de ser, a construir el hombre que no teme porque no espera y no sufre porque no desea. Sólo construye.
La esperanza es ilusión; veo complicado quedarse con eso, prefiero el trabajo duro aunque resulte en fracaso. El esfuerzo, la determinación y la obstinación son placenteros en si mismos. La mejor conquista.